Los ODM no sólo reflejan la justicia mundial y los derechos humanos sino que también tienen una importancia vital para la estabilidad y la seguridad nacionales e internacionales, como recalca el Grupo de Alto Nivel sobre las amenazas, los retos y el cambio (Naciones Unidas, 2004). En las sociedades pobres y hambrientas es mucho más probable que originen querellas en torno a recursos escasos y vitales como los pozos de agua para beber o para regar y las tierras arables, así como recursos naturales escasos como el petróleo, los diamantes y la madera, que en las sociedades de ingresos elevados. Muchos dirigentes mundiales han recalcado acertadamente en los últimos años que hay una profunda relación entre la reducción de la pobreza y la seguridad mundial (recuadro 2). Por consiguiente, la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio debería ocupar un lugar central en los esfuerzos internacionales destinados a poner fin a los conflictos violentos, a la inestabilidad y al terrorismo. Como recomienda el Grupo de Alto Nivel, los países que aspiran al liderazgo mundial a través de la obtención de un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, tienen una especial responsabilidad de promover los ODM y de cumplir todos los compromisos internacionales en materia de asistencia oficial para el desarrollo y otros tipos de apoyo que son vitales para alcanzarlos. Apoyamos el criterio recomendado por el Grupo de que el 0,7 por ciento del PNB para asistencia oficial para el desarrollo corresponda a los países desarrollados que aspiran a puestos permanentes en dicho Consejo.
Son múltiples las posibilidades de que la pobreza dé por resultado un riesgo mayor de conflicto. Los países pobres son más propensos a tener gobiernos débiles, con el resultado de que para los posibles rebeldes será más fácil apoderarse de la tierra y de recursos vitales. La escasez de recursos puede provocar migraciones de población que causen conflictos entre grupos sociales como en Darfur (Sudán) tras la disminución de las lluvias. Sin alternativas de producción, la juventud puede recurrir a la violencia para obtener beneficios materiales, o sentirse presa de un sentimiento de desesperanza, de desesperación o de rabia. Los campesinos pobres que carecen de infraestructura básica y de acceso a los mercados agrícolas pueden volverse, desesperados por la falta de alternativa, a la producción y el comercio de estupefacientes, como el cultivo de adormidera en Afganistán y el de coca en los Andes. Muchos tugurios están bajo el control de bandas de traficantes y vendedores, que crean un círculo vicioso de inseguridad y pobreza. La falta de opciones económicamente fiables crea un gérmen de inestabilidad e incluso aumenta el potencial de violencia.
La investigación parece indicar que existe una fuerte relación de causa a efecto entre la pobreza y los traumas originados por la escasez de recursos al principio de un conflicto. Por término medio, el trauma de crecimiento económico negativo provocado por una disminución del 5 por ciento incrementa los riesgo de guerra civil en un 50 por ciento más o menos. El riesgo de conflicto civil violento disminuye a medida que aumentan los ingresos nacionales (gráfico
1). Así como los conflictos violentos se deben sin duda a una combinación de factores, la pobreza crea un entorno sumamente propicio al estallido de un conflicto y a su mantenimiento. Las repercusiones de lo antedicho son dobles: la inversión en el desarrollo es especialmente importante para reducir las probabilidades de conflicto, y las estrategias de desarrollo deben tomar en consideración sus posibles efectos para reducir los riesgos de conflicto (o aumentarlos por inadvertencia). |